martes, 19 de noviembre de 2013

Siglo XXI: El tiempo de las Mariposas





“En nuestras sociedades, que se precian de democráticas, la libertad de las mujeres aún está subyugada a la violencia simbólica patriarcal.  En el espacio privado, pero mucho más, cuando las mujeres accedemos a los espacios públicos, como la calle, el Estadio, el transporte público o el trabajo remunerado, somos vulnerables a la violencia física, sexual, patrimonial, moral, o psicológica, conforme lo revelan las estadísticas.”



El 25 de noviembre de 1960, Minerva, Patria y María Teresa Mirabal Reyes, “Las Mariposas”, integrantes del movimiento revolucionario 14 de junio[1], fueron sistemáticamente torturadas, violadas, y brutalmente asesinadas a palos, por orden del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo, en represalia por su activismo a favor de los derechos humanos, especialmente de las mujeres. 

Seis meses después del asesinato, el indignado pueblo dominicano se levantó contra el régimen de Trujillo, dando  fin a más de treinta años de dictadura en aquel país. 

Por estos antecedentes, en 1999, a pedido de República Dominicana, la Organización de las Naciones Unidas instituyó el 25 de noviembre de cada año como el Día Internacional contra la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en homenaje a las hermanas Mirabal. 

Hoy en día, transcurridos cincuenta años de la tragedia Mirabal,  el recuerdo de la vida, pasión y muerte de las Mariposas, mantiene viva la llama para liberar a todas las mujeres del mundo, de la discriminación, el machismo, sexismo; así como de toda forma de violencia física, psicológica, sexual, patrimonial, simbólica, moral o femicida.   
En esta lucha, los avances de Ecuador han sido importantes. La participación de la mujer en la vida pública es notable. Sin embargo, fenómenos como la violencia aún están latentes. Según las estadísticas, seis de cada diez mujeres sufren algún tipo de violencia:  física, 38 por ciento [2];  psicológica, 54 por ciento[3];  sexual, 25.7%[4] ; y patrimonial, 35.3 por ciento[5]. 

Y esto es sólo la punta del iceberg. Hay otro tipo de violencia que es invisible, que no aparece en las estadísticas. Pierre Bourdieu la denomina violencia simbólica: “es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose en unas «expectativas colectivas», en unas creencias socialmente inculcadas” (Fernandez, 2005)

En la sociedad patriarcal, la violencia simbólica es una herramienta eficaz, por imperceptible, para la dominación a las mujeres; la cual acciona sobre la libertad femenina, con su complicidad inconsciente. Esto se produce mediante los agentes socializadores como la familia, la escuela, la Iglesia y los medios de comunicación social, que aportan en la asimilación, en el cuerpo y la mente,  de las relaciones de poder,  fortaleciendo la creencia individual y colectiva, de que el sometimiento es un hecho natural y hasta biológico. 

Es tal la biologización del poder, que las mujeres víctimas de violencia simbólica, responden a la sociedad de forma igualmente patriarcal. De allí que es válida la idea de que las madres transmiten el machismo a sus hijos e hijas, porque está naturalizado en su ser. 

Por tanto, para las mujeres puede ser normal la división sexista del trabajo, que les asigna roles de sierva en el espacio privado, a través del trabajo doméstico no remunerado, de “menor jerarquía”, el cuidado de los hijos o la limpieza del hogar. Puede ser igualmente normal, que los hombres tengan privilegios en el acceso al espacio público, poder transitar libres por la calle, salir con amigos, tener muchas mujeres, ir al estadio o descansar, sin temor a ser violentados por su condición masculina. 

En el otro caso, cuando las mujeres salen a la calle, acceden al trabajo remunerado, participan en la vida pública, utilizan el transporte público, salen con amigas, quieren descansar o relajarse,  por citar algunos ejemplos, se tornan vulnerables a violencia física, moral, sexual, patrimonial o psicológica, conforme lo revelan las estadísticas. 

En esa línea, retomando la historia, es importante decir que las hermanas Mirabal en República Dominicana, Matilde Hidalgo de Prócel, Tránsito Amaguaña, Dolores Cacuango o Nela Martínez Espinoza en Ecuador, Luisa Michel y Simone de Beauvoir en Francia, Frida Kahlo, María Talavera, María Ortega en México, Eva Perón en Argentina, Emma Goldman en Lituania, Rusia y Estados Unidos, Marie Curie en Polonia, Amelia Earhart y Rosa Park en Estados Unidos, entre otras tantas mujeres revolucionarias de la historia, fueron víctimas, como lo somos hoy en día, de violencia simbólica en los espacios familiares, educativos, el espacio público y en los medios de comunicación social. 

La lucha, resistencia al patriarcado y sacrificio de estas ilustres mujeres, ha permitido que podamos ejercer nuestros derechos al sufragio, a realizar actos de comercio, asistir al colegio, a la Universidad,  a un trabajo remunerado, acceso a espacios directivos, participación en la vida política, social y cultural; entre otras conquistas. Sin embargo, en nuestras sociedades, que se precian de democráticas, la libertad de las mujeres aún está subyugada a la violencia simbólica patriarcal. 

Por ejemplo, el 19 de noviembre de 2013, Día Internacional del Hombre; fecha declarada con el fin de promover nuevas formas de masculinidad en comunión con la igualdad entre hombres y mujeres; se ha tornado en una suerte de “guerra de sexos”, donde la expresión del patriarcado más contumaz se hace visible, a partir del chiste, la mofa, la burla y la descalificación de los derechos y libertad de las mujeres. 

En esa línea, conscientes de que el origen de la violencia visible en nuestra sociedad (física, psicológica, patrimonial, sexual, moral), tiene como uno de los presupuestos, el sistema de creencias, valores, costumbres y normas patriarcales, biologizado en el cuerpo de los hombres y mujeres que integran la sociedad; creemos que la estrategia única de liberación, es la comunicación y educación emancipadoras, como alternativas de concienciación sobre las circunstancias que forman nuestro ser, los procesos que nos construyen como sujetos sociales y las herramientas que se utilizan en las relaciones de poder dominante, para condicionar la libertad de las mujeres y garantizar su sometimiento. 

Por ello, la invitación es para que emulemos, desde nuestros propios espacios, a las “Mariposas” de la historia. Hagamos todo para ser personas libres, para que la libertad –como diría Paulo Freire- sea una afirmación objetiva.   




[1][1] Se recomienda la lectura del Discurso de Manolo Tavárez, esposo de Miranda Mirabal y líder del movimiento 14J, en el acto celebrado por el 14 de junio en el parque Colón de Santo Domingo, República Dominicana; 14 de septiembre de 1961. Disponible en:  http://www.cedema.org/ver.php?id=3494
[2][2] Todo acto de fuerza que cause, daño, dolor o sufrimiento físico en las personas agredidas cualquiera que sea el medio  empleado y sus consecuencias. Fuente: INEC
[3][3] Constituye toda acción u omisión que cause daño, dolor, perturbación emocional, alteración psicológica o disminución de la  autoestima de la mujer o familiar agredido. Fuente: INEC
[4][4] Se considera violencia sexual la imposición en el ejercicio de la sexualidad de una persona a la que se le obligue a tener  relaciones o prácticas sexuales con el agresor o con terceros, mediante el uso de fuerza física, intimidación, amenazas o  cualquier otro medio coercitivo. Fuente: INEC
[5][5] La transformación, sustracción, destrucción, retención o distracción de objetos, documentos personales y valores, derechos  patrimoniales o recursos económicos des1nados a sa1sfacer las necesidades de las víctimas. Fuente: INEC


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