“En nuestras
sociedades, que se precian de democráticas, la libertad de las mujeres aún está
subyugada a la violencia simbólica patriarcal. En el espacio privado,
pero mucho más, cuando las mujeres accedemos a los espacios públicos, como la
calle, el Estadio, el transporte público o el trabajo remunerado, somos
vulnerables a la violencia física, sexual, patrimonial, moral, o psicológica, conforme lo
revelan las estadísticas.”
El 25 de noviembre de 1960, Minerva, Patria y María
Teresa Mirabal Reyes, “Las Mariposas”, integrantes del movimiento
revolucionario 14 de junio[1], fueron sistemáticamente
torturadas, violadas, y brutalmente asesinadas a palos, por orden del dictador
dominicano Rafael Leonidas Trujillo, en represalia por su activismo a favor de
los derechos humanos, especialmente de las mujeres.
Seis meses después del asesinato, el indignado
pueblo dominicano se levantó contra el régimen de Trujillo, dando fin a
más de treinta años de dictadura en aquel país.
Por estos antecedentes, en 1999, a pedido de
República Dominicana, la Organización de las Naciones Unidas instituyó el 25 de
noviembre de cada año como el Día Internacional contra la Eliminación de la
Violencia contra la Mujer, en homenaje a las hermanas Mirabal.
Hoy en día, transcurridos cincuenta años de la tragedia Mirabal, el
recuerdo de la vida, pasión y muerte de las Mariposas, mantiene viva la llama
para liberar a todas las
mujeres del mundo, de la discriminación, el machismo, sexismo; así como de toda forma de violencia física,
psicológica, sexual, patrimonial, simbólica, moral o femicida.
En esta lucha, los avances de Ecuador han sido importantes. La participación de la mujer en la vida pública es notable. Sin
embargo, fenómenos como la violencia aún están latentes. Según las
estadísticas, seis de cada diez mujeres sufren algún tipo de violencia:
física, 38 por ciento [2];
psicológica, 54 por ciento[3]; sexual, 25.7%[4] ; y patrimonial, 35.3 por ciento[5].
Y esto es sólo la punta del iceberg. Hay
otro tipo de violencia que es invisible, que no aparece en las estadísticas. Pierre Bourdieu la denomina violencia
simbólica: “es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se
perciben como tales apoyándose en unas «expectativas colectivas», en unas
creencias socialmente inculcadas” (Fernandez,
2005)
En la sociedad patriarcal, la violencia simbólica es una herramienta eficaz,
por imperceptible, para la dominación a las mujeres; la cual acciona sobre la libertad femenina, con su complicidad inconsciente. Esto se produce mediante los agentes socializadores como la familia,
la escuela, la Iglesia y los medios de comunicación social, que aportan en la
asimilación, en el cuerpo y la mente, de las relaciones de poder,
fortaleciendo la creencia individual y colectiva, de que el sometimiento es un
hecho natural y hasta biológico.
Es tal la biologización del poder, que las mujeres víctimas de
violencia simbólica, responden a la sociedad de forma igualmente
patriarcal. De allí que es válida la idea de que las madres transmiten el
machismo a sus hijos e hijas, porque está naturalizado en su ser.
Por tanto, para las mujeres puede ser normal la división sexista del trabajo, que les asigna roles de sierva en el espacio privado, a través del trabajo
doméstico no remunerado, de “menor jerarquía”, el cuidado de los hijos o
la limpieza del hogar. Puede ser igualmente normal, que los hombres tengan privilegios en el acceso al espacio
público, poder transitar libres por la calle, salir con amigos, tener muchas mujeres, ir al
estadio o descansar, sin temor a ser violentados por su condición masculina.
En el otro caso, cuando las mujeres salen a la
calle, acceden al trabajo remunerado, participan en la vida pública, utilizan
el transporte público, salen con amigas, quieren descansar o relajarse,
por citar algunos ejemplos, se tornan vulnerables a violencia física, moral, sexual,
patrimonial o psicológica, conforme lo revelan las estadísticas.
En esa línea, retomando la historia, es importante
decir que las hermanas Mirabal en República Dominicana, Matilde Hidalgo de
Prócel, Tránsito Amaguaña, Dolores Cacuango o Nela Martínez Espinoza en Ecuador, Luisa Michel y Simone
de Beauvoir en Francia, Frida Kahlo, María Talavera, María Ortega en México,
Eva Perón en Argentina, Emma Goldman en Lituania, Rusia y Estados Unidos, Marie
Curie en Polonia, Amelia Earhart y Rosa Park en Estados Unidos, entre otras
tantas mujeres revolucionarias de la historia, fueron víctimas, como lo somos
hoy en día, de violencia simbólica en los espacios familiares, educativos, el
espacio público y en los medios de comunicación social.
La lucha, resistencia al patriarcado y sacrificio de estas ilustres mujeres, ha permitido que podamos ejercer nuestros derechos al sufragio, a realizar actos de comercio,
asistir al colegio, a la Universidad, a un trabajo remunerado, acceso a
espacios directivos, participación en la vida política, social y cultural;
entre otras conquistas. Sin embargo, en nuestras sociedades, que se precian de
democráticas, la libertad de las mujeres aún está subyugada a la violencia
simbólica patriarcal.
Por ejemplo, el 19 de noviembre de 2013, Día
Internacional del Hombre; fecha declarada con el fin de promover nuevas formas
de masculinidad en comunión con la igualdad entre hombres y mujeres; se ha
tornado en una suerte de “guerra de sexos”, donde la expresión del patriarcado
más contumaz se hace visible, a partir del chiste, la mofa, la burla y la
descalificación de los derechos y libertad de las mujeres.
En esa línea, conscientes de que el origen de la
violencia visible en nuestra sociedad (física, psicológica, patrimonial,
sexual, moral), tiene como uno de los presupuestos, el sistema de creencias, valores,
costumbres y normas patriarcales, biologizado en el cuerpo de los hombres y mujeres que integran la sociedad; creemos que la
estrategia única de liberación, es la comunicación y educación emancipadoras, como
alternativas de concienciación sobre las circunstancias que forman nuestro ser, los procesos que
nos construyen como sujetos sociales y las herramientas que se utilizan en las
relaciones de poder dominante, para condicionar la libertad de las mujeres y
garantizar su sometimiento.
Por ello, la invitación es para que emulemos, desde
nuestros propios espacios, a las “Mariposas” de la historia. Hagamos todo para
ser personas libres, para que la libertad –como diría Paulo Freire- sea una
afirmación objetiva.
[1][1] Se recomienda la lectura del Discurso de
Manolo Tavárez, esposo de Miranda Mirabal y líder del movimiento 14J, en el
acto celebrado por el 14 de junio en el parque Colón de Santo Domingo,
República Dominicana; 14 de septiembre de 1961. Disponible en: http://www.cedema.org/ver.php?id=3494
[2][2] Todo acto de fuerza que cause, daño,
dolor o sufrimiento físico en las personas agredidas cualquiera que sea el
medio empleado y sus consecuencias. Fuente: INEC
[3][3] Constituye toda acción u omisión que
cause daño, dolor, perturbación emocional, alteración psicológica o disminución
de la autoestima de la mujer o familiar agredido. Fuente: INEC
[4][4] Se considera violencia sexual la imposición
en el ejercicio de la sexualidad de una persona a la que se le obligue a tener relaciones
o prácticas sexuales con el agresor o con terceros, mediante el uso de fuerza
física, intimidación, amenazas o cualquier otro medio coercitivo. Fuente:
INEC
[5][5] La transformación, sustracción, destrucción,
retención o distracción de objetos, documentos personales y valores, derechos patrimoniales
o recursos económicos des1nados a sa1sfacer las necesidades de las víctimas.
Fuente: INEC
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