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este documento, haciendo un breve recuento de los antecedentes históricos del
movimiento cimarrón en Ecuador, partiendo de una necesaria “ruptura
anticolonial, política y epistémica de la versión oficial de la historia (…) contada
por el colonizador” (Antón, 2008); en la cual, como lo indica Agustín Lao
Montes, citado por Antón, se invisibiliza al pueblo africano y afrodescendiente
“como entidad étnica y como agencia histórica en los Estados Nacionales”. Pocos
sabemos, por ejemplo, que sin el haitiano Alejandro Petión, no habría Simón
Bolívar.
Esta
otra historia comienza en 1553, sesenta y un años después de la visita de
Cristóbal Colón a los pueblos del Abya Yala, primer nombre de Nuestra América.
Un galeón de africanos esclavizados naufraga en las costas ecuatorianas y, en
alianza con los indígenas Cayapas, crean un Palenque llamado “República de los
Zambos”, impenetrable por los españoles hasta un siglo más tarde, cuando se
produce una alianza política con la Real Audiencia de Quito, frente al fracaso en los intentos de dominación.
En
este primer proceso histórico, que duró unos más de 400 años, ocurren tres
hechos de importancia. La emergencia del movimiento cimarrón en nuestro país, la
manumisión de los africanos y afrodescendientes esclavizados, y los asentamientos
en todo el territorio nacional a partir de la minería, el Ferrocarril y el boom
petrolero.
Comienza
entonces hasta nuestros días, el “largo camino hacia la libertad”, de los hijos
de la diáspora africana, descendientes de los Reinos del Katanga y el Kongo, ya
que para la segunda mitad del siglo XX, si bien el sistema esclavista estaba
abolido en Ecuador, era solo en términos formales. Al quedarse los
afrodescendientes sin tierras y sin trabajo, fueron esclavizados nuevamente por
sus antiguos patrones, a través del Huasipungo y Concertaje, que también fueron
el motivo de nuevas luchas del movimiento cimarrón.
Así, en
un contexto de transición del Estado Feudal al Estado Moderno, con indicios de
globalización neoliberal, el pueblo afrodescendiente de Ecuador no tenía
siquiera un lugar donde morir y muchas veces ni siquiera un nombre propio.
Hasta
hoy en Ecuador muchos de los afroecuatorianos usan apellidos tomados de sus
explotadores lo que deja constancia del nivel de vulnerabilidad al que han sido
sometidos. No obstante, la situación cambia porque la historia no es estática y
le pertenece a quienes con su esfuerzo buscan la prevalencia de la justicia.
Siglo XXI: De la invisibilidad al reconocimiento
del pueblo afrodescendiente
Tras el fracaso de las políticas neoliberales en el
periodo comprendido en los últimos treinta años del siglo XX, el 28 de octubre
de 2008, con el 64% por ciento de los votos, Ecuador se proclama un Estado
Plurinacional e intercultural de derechos y justicia; y, en consecuencia, las
instituciones políticas quedan subordinadas a la garantía de derechos
constitucionales, en especial el derecho a la igualdad y no discriminación, educación,
salud, alimentación, seguridad social, agua, lucha contra pobreza y derechos colectivos
y culturales de los pueblos indígenas, afroecuatorianos y montubios.
En
términos prácticos, esto significa repensar la estrategia de desarrollo y
cuestionar el enfoque neoliberal, para salir de la lógica asistencialista y
adoptar un orden estatal de justicia económica y social, removiendo las raíces
del empobrecimiento, mediante el cambio de la matriz productiva primaria agroexportadora y
las estructuras precapitalistas, para ir a la economía social del conocimiento en
la diversidad y desde el diálogo intercultural.
Igual
que en la Polonia de Michal Kalecki, uno de los economistas más grandes del
siglo XX, citado por Amartya Sen en su libro “Desarrollo y Libertad”, en Ecuador
conseguimos neutralizar al capitalismo neoliberal, pero lo que tenemos que hacer
ahora, es abolir el feudalismo. Ha sido una de las grandes lecciones que aprendimos
de la caída del socialismo clásico.
En esa
línea, tenemos claro que la pobreza del pueblo afrodescendiente no es un
problema técnico y este grupo social no es pobre porque “no quiere trabajar”,
porque sea inferior o porque solo sirva para jugar fútbol, como expresa el
relato colonialista. La pobreza y el
empobrecimiento del pueblo afrodescendiente son un fenómeno
multidimensional, la negación de derechos por parte del poder político y
económico y el resultado de estructuras históricas excluyentes, discriminatorias
y racistas. Su erradicación, por tanto, no es un problema tecnocrático, es un
asunto de voluntad política.
De ahí
que el Estado ecuatoriano tomó la decisión política de renegociar y reducir a
la mitad el servicio de la deuda externa que se llevaba más del cincuenta por
ciento del Producto Interno Bruto, e incrementar el gasto social del cuatro por
ciento, más/menos; al diez por ciento del PIB.
Según
datos de la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo, SENPLADES, con
esta medida, entre otras, como la nacionalización de las regalías petroleras,
antes en manos de empresas transnacionales, y el incremento en la recaudación de impuestos, en el caso del
pueblo afroecuatoriano se logró reducir las brechas de pobreza por ingresos en
8pp, la extrema pobreza por ingresos en 1pp, la pobreza por NBI, en 8pp y la
extrema pobreza por NBI en 4pp. A 2014, la tasa de matrícula en educación
básica a nivel nacional del pueblo afrodescendiente es del 96%, la tasa neta de
asistencia a bachillerato llega al 56,6%, 17,2pp más que en 2006, la asistencia
a educación superior se incrementó al 17%, 3pp más que en 2006, y la seguridad social tiene
el doble de cobertura en 8 años, estando
en el 41,2%.
Desde
luego, como país, aún tenemos una deuda histórica en el tema de vivienda, cuya
brecha en el déficit se incrementó en 1 punto porcentual, pero logramos bajar
el hacinamiento en 4 pp. La brecha de empleo se mantiene en 3pp, pero la brecha
de subempleo se redujo en 1pp. Desafortunadamente, el desempleo en el pueblo
afro ecuatoriano se incrementó del 5 al 11 por ciento en ocho años. De allí que
el principal reto siga siendo una mejor distribución de los factores de
producción.
Principales Desafíos en el marco del
Decenio Internacional Afrodescendiente
Enrique
Santos Discépolo dijo, con mucha razón, que el siglo XX fue un cambalache
problemático y febril. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los
cambalaches, se ha mezclado la vida, y herida por un sable sin remaches, vimos
llorar la Biblia contra un calefón…
En
cambio, el siglo XXI es el siglo de la segunda y definitiva
independiencia para los pueblos de América Latina.
En materia
de reconocimiento, el desafío está en la garantía de derechos culturales: identidad
cultural, autoidentificación étnica, libertad estética, memoria histórica,
patrimonio cultural, libertad de expresión cultural, acceso a expresiones
culturales diversas y derecho a la comunicación e información intercultural,
incluyente, diversa, participativa y plural.
En ese
sentido, en el año 2013 aprobamos la Ley Orgánica de Comunicación, misma que establece una cuota de 72 minutos diarios
de la parrilla de programación de los medios de comunicación social de radio y
TV, equivalente al tiempo de dos telenovelas cada día, para difundir la
cosmovisión, cultura y tradiciones de pueblos indígenas, afroecuatorianos y
montubios. También empezamos a fortalecer la etnoeducación en la educación
primaria y media.
Esto
implica un gran desafío e inversión para el Estado, los medios de comunicación,
que deben producir contenidos interculturales con la participación de las
propias comunidades desde un criterio de auto representación. Esto es un avance importante que sin duda marcará
un antes y un después en el fortalecimiento los derechos culturales de los 14
pueblos y nacionalidades del país. Como dije antes, la igualdad es un asunto de
voluntad política.
En el
ámbito de la justicia, los desafíos del Decenio implican la aplicación efectiva
de la normativa sobre delitos de discriminación, delitos de odio, incitación a
la violencia por actos discriminatorios y apología de la discriminación,
tipificados en el Código Integral Penal aprobado en 2014, tutela judicial
efectiva y con enfoque de derechos e interculturalidad, servicios de justicia
disponibles, accesibles y asequibles, con pertinencia cultural y de calidad, y
la no racialización de los delitos y la criminalidad.
Con
respecto al desarrollo, es preciso apuntar a la igualdad de oportunidades. Como
bien señala Amartya Sen, la pobreza no se mide sólo por el nivel de renta, sino
por la ausencia de capacidades de las personas para ejercer sus derechos
humanos, individual y colectivamente, es el fracaso de un individuo para vivir
con dignidad. Va más allá de la
satisfacción de necesidades mínimas de subsistencia, sino que supone tener lo
mínimo para desarrollar su libertad: educación, nutrición, salud y mayores
índices de esperanza de vida.
Esto
será posible a través de medidas de acción afirmativa y lineamientos de
política pública que garanticen igualdad material a favor del pueblo afrodescendiente, tales
como cuotas en el sistema de educación media y superior, sistemas de
información y estadística con enfoque de capacidades, reforma agraria para
democratizar la propiedad de la tierra, acceso al agua, derecho a la vivienda
digna que incluye la ampliación de cobertura de servicios públicos de salud
preventiva y saneamiento ambiental, consulta previa, entre otros derechos económicos, sociales y colectivos.
Ecuador,
de acuerdo a datos de CEPAL (2015), es uno de los tres países más inequitativos
del mundo, aunque sea uno de los menos inequitativos de la región. Esto hace
doblemente vulnerable al pueblo afrodescendiente e indígena; razón por la cual, es imperativo reducir las
brechas de empobrecimiento sin una redistribución más equitativa de la riqueza,
evitando la concentración del capital en pocas manos y garantizando el acceso
democrático al capital y a la tierra, si queremos sobrevivir a los procesos de
globalización y recesión internacional que influyen directamente en nuestra
economía, sociedad y culturas.
Parafraseando a Martin Luther King: hermanos y hermanas: regresen a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a Guerrero, regresen a Oaxaca, regresen a los barrios bajos y a los guetos, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza. Hoy les digo a ustedes, hermanas y hermanos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño latinoamericano, de que otro mundo es posible.
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