jueves, 24 de septiembre de 2015

Derechos de los Pueblos Afrodescendientes en Ecuador. Reconocimiento, Justicia y Desarrollo. Avances y Desafíos



Inicio este documento, haciendo un breve recuento de los antecedentes históricos del movimiento cimarrón en Ecuador, partiendo de una necesaria “ruptura anticolonial, política y epistémica de la versión oficial de la historia (…) contada por el colonizador” (Antón, 2008); en la cual, como lo indica Agustín Lao Montes, citado por Antón, se invisibiliza al pueblo africano y afrodescendiente “como entidad étnica y como agencia histórica en los Estados Nacionales”. Pocos sabemos, por ejemplo, que sin el haitiano Alejandro Petión, no habría Simón Bolívar. 

Esta otra historia comienza en 1553, sesenta y un años después de la visita de Cristóbal Colón a los pueblos del Abya Yala, primer nombre de Nuestra América. Un galeón de africanos esclavizados naufraga en las costas ecuatorianas y, en alianza con los indígenas Cayapas, crean un Palenque llamado “República de los Zambos”, impenetrable por los españoles hasta un siglo más tarde, cuando se produce una alianza política con la Real Audiencia de Quito,  frente al fracaso en los intentos de dominación.

En este primer proceso histórico, que duró unos más de 400 años, ocurren tres hechos de importancia. La emergencia del movimiento cimarrón en nuestro país, la manumisión de los africanos y afrodescendientes esclavizados, y los asentamientos en todo el territorio nacional a partir de la minería, el Ferrocarril y el boom petrolero.

Comienza entonces hasta nuestros días, el “largo camino hacia la libertad”, de los hijos de la diáspora africana, descendientes de los Reinos del Katanga y el Kongo, ya que para la segunda mitad del siglo XX, si bien el sistema esclavista estaba abolido en Ecuador, era solo en términos formales. Al quedarse los afrodescendientes sin tierras y sin trabajo, fueron esclavizados nuevamente por sus antiguos patrones, a través del Huasipungo y Concertaje, que también fueron el motivo de nuevas luchas del movimiento cimarrón.

Así, en un contexto de transición del Estado Feudal al Estado Moderno, con indicios de globalización neoliberal, el pueblo afrodescendiente de Ecuador no tenía siquiera un lugar donde morir y muchas veces ni siquiera un nombre propio.

Hasta hoy en Ecuador muchos de los afroecuatorianos usan apellidos tomados de sus explotadores lo que deja constancia del nivel de vulnerabilidad al que han sido sometidos. No obstante, la situación cambia porque la historia no es estática y le pertenece a quienes con su esfuerzo buscan la prevalencia de la justicia.

Siglo XXI: De la invisibilidad al reconocimiento del pueblo afrodescendiente

Tras el fracaso de las políticas neoliberales en el periodo comprendido en los últimos treinta años del siglo XX, el 28 de octubre de 2008, con el 64% por ciento de los votos, Ecuador se proclama un Estado Plurinacional e intercultural de derechos y justicia; y, en consecuencia, las instituciones políticas quedan subordinadas a la garantía de derechos constitucionales, en especial el derecho a la igualdad y no discriminación, educación, salud, alimentación, seguridad social, agua, lucha contra pobreza y derechos colectivos y culturales de los pueblos indígenas, afroecuatorianos y montubios.

En términos prácticos, esto significa repensar la estrategia de desarrollo y cuestionar el enfoque neoliberal, para salir de la lógica asistencialista y adoptar un orden estatal de justicia económica y social, removiendo las raíces del empobrecimiento, mediante el cambio de la  matriz productiva primaria agroexportadora y las estructuras precapitalistas, para ir a la economía social del conocimiento en la diversidad y desde el diálogo intercultural.

Igual que en la Polonia de Michal Kalecki, uno de los economistas más grandes del siglo XX, citado por Amartya Sen en su libro “Desarrollo y Libertad”, en Ecuador conseguimos neutralizar al capitalismo neoliberal, pero lo que tenemos que hacer ahora, es abolir el feudalismo. Ha sido una de las grandes lecciones que aprendimos de la caída del socialismo clásico.

En esa línea, tenemos claro que la pobreza del pueblo afrodescendiente no es un problema técnico y este grupo social no es pobre porque “no quiere trabajar”, porque sea inferior o porque solo sirva para jugar fútbol, como expresa el relato colonialista.  La pobreza y el empobrecimiento del pueblo  afrodescendiente son un fenómeno multidimensional, la negación de derechos por parte del poder político y económico y el resultado de estructuras históricas excluyentes, discriminatorias y racistas. Su erradicación, por tanto, no es un problema tecnocrático, es un asunto de voluntad política.

De ahí que el Estado ecuatoriano tomó la decisión política de renegociar y reducir a la mitad el servicio de la deuda externa que se llevaba más del cincuenta por ciento del Producto Interno Bruto, e incrementar el gasto social del cuatro por ciento, más/menos; al diez por ciento del PIB.

Según datos de la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo, SENPLADES, con esta medida, entre otras, como la nacionalización de las regalías petroleras, antes en manos de empresas transnacionales, y el incremento en  la recaudación de impuestos, en el caso del pueblo afroecuatoriano se logró reducir las brechas de pobreza por ingresos en 8pp, la extrema pobreza por ingresos en 1pp, la pobreza por NBI, en 8pp y la extrema pobreza por NBI en 4pp. A 2014, la tasa de matrícula en educación básica a nivel nacional del pueblo afrodescendiente es del 96%, la tasa neta de asistencia a bachillerato llega al 56,6%, 17,2pp más que en 2006, la asistencia a educación superior se incrementó al 17%,  3pp más que en 2006, y la seguridad social tiene el doble de cobertura en 8 años,  estando en el 41,2%.

Desde luego, como país, aún tenemos una deuda histórica en el tema de vivienda, cuya brecha en el déficit se incrementó en 1 punto porcentual, pero logramos bajar el hacinamiento en 4 pp. La brecha de empleo se mantiene en 3pp, pero la brecha de subempleo se redujo en 1pp. Desafortunadamente, el desempleo en el pueblo afro ecuatoriano se incrementó del 5 al 11 por ciento en ocho años. De allí que el principal reto siga siendo una mejor distribución de los factores de producción.

Principales Desafíos en el marco del Decenio Internacional Afrodescendiente

Enrique Santos Discépolo dijo, con mucha razón, que el siglo XX fue un cambalache problemático y febril. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches, se ha mezclado la vida, y herida por un sable sin remaches, vimos llorar la Biblia contra un calefón…

En cambio,  el siglo XXI  es el siglo de la segunda y definitiva independiencia para los pueblos de América Latina.

En materia de reconocimiento, el desafío está en la garantía de derechos culturales: identidad cultural, autoidentificación étnica, libertad estética, memoria histórica, patrimonio cultural, libertad de expresión cultural, acceso a expresiones culturales diversas y derecho a la comunicación e información intercultural, incluyente, diversa, participativa y plural.

En ese sentido, en el año 2013 aprobamos la Ley Orgánica de Comunicación, misma  que establece una cuota de 72 minutos diarios de la parrilla de programación de los medios de comunicación social de radio y TV, equivalente al tiempo de dos telenovelas cada día, para difundir la cosmovisión, cultura y tradiciones de pueblos indígenas, afroecuatorianos y montubios. También empezamos a fortalecer la etnoeducación en la educación primaria y media.

Esto implica un gran desafío e inversión para el Estado, los medios de comunicación, que deben producir contenidos interculturales con la participación de las propias comunidades desde un criterio de auto representación.  Esto es un avance importante que sin duda marcará un antes y un después en el fortalecimiento los derechos culturales de los 14 pueblos y nacionalidades del país. Como dije antes, la igualdad es un asunto de voluntad política.

En el ámbito de la justicia, los desafíos del Decenio implican la aplicación efectiva de la normativa sobre delitos de discriminación, delitos de odio, incitación a la violencia por actos discriminatorios y apología de la discriminación, tipificados en el Código Integral Penal aprobado en 2014, tutela judicial efectiva y con enfoque de derechos e interculturalidad, servicios de justicia disponibles, accesibles y asequibles, con pertinencia cultural y de calidad, y la no racialización de los delitos y la criminalidad.

Con respecto al desarrollo, es preciso apuntar a la igualdad de oportunidades. Como bien señala Amartya Sen, la pobreza no se mide sólo por el nivel de renta, sino por la ausencia de capacidades de las personas para ejercer sus derechos humanos, individual y colectivamente, es el fracaso de un individuo para vivir con dignidad.  Va más allá de la satisfacción de necesidades mínimas de subsistencia, sino que supone tener lo mínimo para desarrollar su libertad: educación, nutrición, salud y mayores índices de esperanza de vida.

Esto será posible a través de medidas de acción afirmativa y lineamientos de política pública que garanticen igualdad material  a favor del pueblo afrodescendiente, tales como cuotas en el sistema de educación media y superior, sistemas de información y estadística con enfoque de capacidades, reforma agraria para democratizar la propiedad de la tierra, acceso al agua, derecho a la vivienda digna que incluye la ampliación de cobertura de servicios públicos de salud preventiva y saneamiento ambiental, consulta previa,  entre otros derechos económicos,  sociales y colectivos.   

Ecuador, de acuerdo a datos de CEPAL (2015), es uno de los tres países más inequitativos del mundo, aunque sea uno de los menos inequitativos de la región. Esto hace doblemente vulnerable al pueblo afrodescendiente e indígena;  razón por la cual, es imperativo reducir las brechas de empobrecimiento sin una redistribución más equitativa de la riqueza, evitando la concentración del capital en pocas manos y garantizando el acceso democrático al capital y a la tierra, si queremos sobrevivir a los procesos de globalización y recesión internacional que influyen directamente en nuestra economía, sociedad y culturas.  

Parafraseando a Martin Luther King: hermanos y hermanas: regresen a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a Guerrero, regresen a Oaxaca, regresen a los barrios bajos y a los guetos, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza. Hoy les digo a ustedes, hermanas y hermanos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño latinoamericano, de que otro mundo es posible.

martes, 18 de agosto de 2015

De la guerra de los mundos a la batalla de los rumores en internet

Ilustración del álbum Jeff Wayne´s War of the Worlds.
Disponible en 
http://www.datacraft.com.ar/musica-jeff-wayne-guerra-mundos.html

Paulina Mogrovejo. Consejera representante de la Defensoría del Pueblo en el Consejo de Regulación y 
Desarrollo de la Información y Comunicación. Especial para Diario El Telegrafo. 

El productor y escritor Orson Welles demostró hace más de setenta años que un medio de comunicación es capaz de crear alarma social y pánico. Es probable que esa capacidad mediática —ejemplificada en las reacciones de la gente con su obra La guerra de los mundos— otorgue sentido a la angustia detrás del pronunciamiento de otro personaje como  Umberto Eco, quien escribe que el “drama de internet es que ha aprobado al tonto del pueblo como el portador de la verdad”.

Más allá del criterio de estos dos personajes, en un mundo dependiente de los medios de comunicación y donde son muchos los que se identifican como defensores de un periodismo ‘libre’ e ‘independiente’, el uso de imágenes y notas falsas como información fidedigna parece aún aceptable y digno de apología. En la reciente coyuntura de movilización social, mirando en las distintas redes sociales, los mensajes que más leí fueron de afirmaciones sin relación con la realidad.

La abundancia de portales de ‘humor’ que son confundidos con fuentes informativas con la mayor seriedad del caso y la viralidad de ‘tuits’ sin fundamento o con verdades a medias son síntoma de que falta mucho para desarrollar audiencias más críticas y autocríticas, sin las que no habrá un debate que trascienda la superficialidad y el cuchicheo. El cotilleo parece relevar de frente y con pomposidad el trabajo periodístico o, por lo menos, retarlo.

En un círculo vicioso donde un rumor justifica otro rumor, cada mentira justifica otra mentira. Los que defienden la circulación de información falsa y la manipulación en nombre de una mal entendida ‘libertad de prensa’ deben reconocer que la permanencia de estas prácticas no genera condiciones de diálogo ni trae consigo una sociedad estable, respetuosa de los derechos y bien informada. De hecho, el éxito de estas prácticas simplemente entorpece el desarrollo de una sociedad más democrática y capaz de tomar decisiones con base en información sustentada.

Un chisme justificará los siguientes chismes: hoy es la imagen de archivo de una procesión religiosa que se hace pasar por una marcha política contemporánea. Mañana será un actor político que engaña a sus seguidores por ‘ensayar’ reacciones o ganar popularidad. Y después todo el mundo puede creer que en verdad los bancos cerrarán, porque claro, si en su momento todos lo repiten adquiere ‘credibilidad’. En un contexto en el que una mentira repetida mil veces se vuelve verdad, cualquier persona con una mínima capacidad de falsificar acontecimientos o fotografías podrá irrumpir en el debate público y promover la histeria y hasta el pánico social.

La cultura del teléfono dañado continuará y se afianzará. Es un juego con el que nadie gana y que mucho menos nos lleva hacia algún acuerdo o a la formación de un criterio medianamente racional. Como si la realidad fuera una fábula en la cual se impone la fantasía más espectacular o la habilidad de fabricar certezas en breves mensajes. Sin autocrítica y responsabilidad en la emisión e intercambio de ‘noticias’ prevalecerá el facilismo y la ingenuidad en aspectos de la comunicación tan importantes como nuestro descontento político o la situación del sistema financiero, y habrá así más de qué desconfiar y menos en qué fundamentar posiciones argumentadas. Los mensajes engañosos y descontextualizados profundizarán divisiones, porque su capacidad de volverse virales no dependerá de cualidades periodísticas, sino de su potencial polémico de poner a unos en contra de otros.

Si seguimos con el hábito de creer de sopetón en portales que remedan la apariencia de otros medios, no solo que incurrimos en simplicidad, sino que no habrá una opinión pública robusta, ya que ceder el rol informativo a cualquiera con la capacidad de titular y rellenar cajas de texto significará debilidad y vulnerabilidad en la capacidad de recibir e intercambiar información relevante. Abreviar temas complejos en el área económica, política y social a cien caracteres como una cuestión del ‘bien’ o del ‘mal’ y con base en el qué dirán es un enfoque riesgoso y corto de vista. La falta de compromiso con la comunicación verificada, contextualizada y contrastada viene desde los que mienten con destreza, pero también la padece la sociedad. Ignorar la realidad y reemplazarla por ficciones y esperar que haya una ciudadanía consciente de la nada es arriesgar la capacidad de convivencia y desconectarnos del entorno.

En el vertiginoso cosmos de internet me pasó lo que a miles de internautas: terminé en una posición vulnerable, sin remedio, ante cientos de falsificaciones, montajes, chismes y cuentos. Apenas si la sana curiosidad dejó profundizar y distinguir farsas perfectamente elaboradas que muchos confundían con noticias concretas. Esto, más allá de la tendencia generalizada en las redes sociales de creer con la mayor convicción en cucos y marcianos que inundan las calles y las pantallas. (O)