Ha pasado un
año desde el 14 de junio de 2013, cuando la Asamblea Nacional ecuatoriana, pese
a los obstáculos de los grupos de poder, aprobó la Ley Orgánica de
Comunicación como una herramienta política y social de las ciudadanas y
ciudadanos de nuestro país, para que puedan expresarse libremente, sin ser discriminados; dado que en Ecuador, igual que en
otros países latinoamericanos, la información y la comunicación han sido manejadas como un negocio de las
grandes corporaciones transnacionales, quienes actuaron como grupos de
presión, usando los medios de comunicación que se encontraban en sus manos para
subordinar las instituciones del Estado a sus intereses, así como sostener el
modelo económico neoliberal en perjuicio de los derechos ciudadanos.
Es importante
mencionar, que para el año 2007, la comunicación en Ecuador se caracterizaba
por el dominio corporativo y privado sobre la radio y televisión. El 93,2 por
ciento de los medios estaba en este sector, el 6,8 por ciento eran medios
públicos y no existía ningún medio de comunicación comunitario. Asimismo, el
ejercicio profesional se realizaba de forma precaria.
Nadie se preocupaba
por los trabajadores de apoyo como fotógrafos, camarógrafos, locutores, libretistas,
sonidistas, entre otros, quienes ganaban mucho menos que el salario mínimo
vital, que en Ecuador se encuentra en 340 dólares. A un año de aprobada la ley, más de mil trabajadores de apoyo
de actividades comunicacionales se profesionalizarán. En
cuanto a medios comunitarios, de 0 en el 2007, hemos incrementado a un 5%,
siendo la meta el 34 por ciento del espectro radioeléctrico que estaría ocupado
por los pueblos originarios, las mujeres populares, jóvenes, niños, niñas y
adolescentes, las personas con discapacidad, consumidores, entre otros grupos
históricamente excluidos.
Otro de los
logros de la Ley, es la creación de una institucionalidad de prevención y
protección del derecho de los ciudadanos a la comunicación e información,
pudiendo cualquier persona, de forma individual o colectiva, demandar por daños
a los medios, cuando la información es
inexacta, distorsionada, afecta la imagen, la intimidad, la honra, la
reputación, o se burla y ridiculiza a personas y grupos sociales.
A la cabeza de
esta institucionalidad, esta el Consejo de Regulación y Desarrollo de la
Información y Comunicación, siendo nuestra misión, generar política pública para garantizar una
comunicación sin censura previa, con responsabilidad ulterior y sin
discriminación.
En el espacio
de la tutela, se encuentra la Superintendencia de la Información y Comunicación,
que se encarga de determinar responsabilidades
ulteriores y aplicar las medidas administrativas para reparar los daños
producidos a la intimidad, la honra, la reputación de las personas u otros
derechos afectados a través de los medios de comunicación social.
Sin duda, para
el Consejo de Regulación y Desarrollo de la Información y Comunicación, y el
resto de las instituciones del sector, quedan muchos desafíos en la tarea de reducir
las brechas en la comunicación, especialmente a favor de las mujeres, jóvenes,
niños, niñas y adolescentes, pueblos y nacionalidades. Debemos reducir, por
ejemplo, la desigualdad entre hombres y mujeres en la actividad periodística: el 64% de trabajadores de la
comunicación son hombres y el 36% mujeres. Hay que reducir la precarización
laboral: el 51% de los trabajadores de la comunicación no poseen título
profesional, y promover una comunicación intercultural: Menos del 8% de
indígenas, afrodescendientes y montubios trabajan en los medios de
comunicación, y menos del 1% son representados positivamente en los contenidos.
Estos
desafíos serán posibles de concretar, en cuando se fortalezca el valor de la
comunicación como un servicio público y la información como un bien público, y
no como mercancías; por cuanto en estos
días, presentaremos una propuesta de enmienda a la Constitución de la
República, convencidos de que este derecho
es interdependiente de los otros derechos humanos. Sin comunicación no hay
salud, no hay educación, no hay agua, no hay soberanía, ni diversidad, ni
igualdad, ni democracia.
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