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Ilustración del álbum Jeff Wayne´s War of the Worlds. Disponible en http://www.datacraft.com.ar/musica-jeff-wayne-guerra-mundos.html |
Paulina Mogrovejo. Consejera representante de la
Defensoría del Pueblo en el Consejo de Regulación y
Desarrollo de la
Información y Comunicación. Especial para Diario El Telegrafo.
El productor y escritor Orson Welles demostró hace
más de setenta años que un medio de comunicación es capaz de crear alarma
social y pánico. Es probable que esa capacidad mediática —ejemplificada en las
reacciones de la gente con su obra La guerra de los mundos— otorgue sentido a
la angustia detrás del pronunciamiento de otro personaje como Umberto
Eco, quien escribe que el “drama de internet es que ha aprobado al tonto del
pueblo como el portador de la verdad”.
Más allá del criterio de estos dos personajes, en un mundo dependiente de los medios de comunicación y donde son muchos los que se identifican como defensores de un periodismo ‘libre’ e ‘independiente’, el uso de imágenes y notas falsas como información fidedigna parece aún aceptable y digno de apología. En la reciente coyuntura de movilización social, mirando en las distintas redes sociales, los mensajes que más leí fueron de afirmaciones sin relación con la realidad.
La abundancia de portales de ‘humor’ que son confundidos con fuentes informativas con la mayor seriedad del caso y la viralidad de ‘tuits’ sin fundamento o con verdades a medias son síntoma de que falta mucho para desarrollar audiencias más críticas y autocríticas, sin las que no habrá un debate que trascienda la superficialidad y el cuchicheo. El cotilleo parece relevar de frente y con pomposidad el trabajo periodístico o, por lo menos, retarlo.
En un círculo vicioso donde un rumor justifica otro
rumor, cada mentira justifica otra mentira. Los que defienden la circulación de
información falsa y la manipulación en nombre de una mal entendida ‘libertad de
prensa’ deben reconocer que la permanencia de estas prácticas no genera
condiciones de diálogo ni trae consigo una sociedad estable, respetuosa de los
derechos y bien informada. De hecho, el éxito de estas prácticas simplemente
entorpece el desarrollo de una sociedad más democrática y capaz de tomar
decisiones con base en información sustentada.
Un chisme justificará los siguientes chismes: hoy es
la imagen de archivo de una procesión religiosa que se hace pasar por una
marcha política contemporánea. Mañana será un actor político que engaña a sus
seguidores por ‘ensayar’ reacciones o ganar popularidad. Y después todo el
mundo puede creer que en verdad los bancos cerrarán, porque claro, si en su
momento todos lo repiten adquiere ‘credibilidad’. En un contexto en el que una
mentira repetida mil veces se vuelve verdad, cualquier persona con una mínima
capacidad de falsificar acontecimientos o fotografías podrá irrumpir en el
debate público y promover la histeria y hasta el pánico social.
La cultura del teléfono dañado continuará y se
afianzará. Es un juego con el que nadie gana y que mucho menos nos lleva hacia
algún acuerdo o a la formación de un criterio medianamente racional. Como si la
realidad fuera una fábula en la cual se impone la fantasía más espectacular o
la habilidad de fabricar certezas en breves mensajes. Sin autocrítica y
responsabilidad en la emisión e intercambio de ‘noticias’ prevalecerá el
facilismo y la ingenuidad en aspectos de la comunicación tan importantes como
nuestro descontento político o la situación del sistema financiero, y habrá así
más de qué desconfiar y menos en qué fundamentar posiciones argumentadas. Los
mensajes engañosos y descontextualizados profundizarán divisiones, porque su
capacidad de volverse virales no dependerá de cualidades periodísticas, sino de
su potencial polémico de poner a unos en contra de otros.
Si seguimos con el hábito de creer de sopetón en
portales que remedan la apariencia de otros medios, no solo que incurrimos en
simplicidad, sino que no habrá una opinión pública robusta, ya que ceder el rol
informativo a cualquiera con la capacidad de titular y rellenar cajas de texto
significará debilidad y vulnerabilidad en la capacidad de recibir e
intercambiar información relevante. Abreviar temas complejos en el área
económica, política y social a cien caracteres como una cuestión del ‘bien’ o
del ‘mal’ y con base en el qué dirán es un enfoque riesgoso y corto de vista.
La falta de compromiso con la comunicación verificada, contextualizada y
contrastada viene desde los que mienten con destreza, pero también la padece la
sociedad. Ignorar la realidad y reemplazarla por ficciones y esperar que haya
una ciudadanía consciente de la nada es arriesgar la capacidad de convivencia y
desconectarnos del entorno.
En el vertiginoso cosmos de internet me pasó lo que
a miles de internautas: terminé en una posición vulnerable, sin remedio, ante
cientos de falsificaciones, montajes, chismes y cuentos. Apenas si la sana
curiosidad dejó profundizar y distinguir farsas perfectamente elaboradas que
muchos confundían con noticias concretas. Esto, más allá de la tendencia
generalizada en las redes sociales de creer con la mayor convicción en cucos y
marcianos que inundan las calles y las pantallas. (O)