Para sostener un modelo de comunicación basado en el respeto debe haber condiciones materiales. Para ello, el Estado debe adoptar medidas de acción afirmativa que promuevan la igualdad real.
Desde el enfoque de la democracia liberal, la libertad de expresión consiste en el respeto, por parte del Estado, de la libre circulación de ideas, información y opiniones (sin límites), absteniéndose de censurar.
Desde
lo formal, esta perspectiva resulta efectiva para sostener las sociedades
democráticas; sin embargo, es insuficiente si no existen las condiciones
materiales, el acceso, asequibilidad y no discriminación, que hagan posible esa
libre circulación para todos y todas; siendo necesario, entonces, que el Estado
adopte medidas de acción afirmativa para promover la igualdad real en el
ejercicio efectivo, incluyente, plural y participativo de este derecho humano.
Esta
cuestión, planteada en el pensamiento de los pueblos del Sur, especialmente
Latinoamérica, debate cómo la ansiada libertad de expresión se puede ejercer de
forma real y democrática, cuando en la sociedad neoliberal esta libertad ha
sido defendida, sostenida y controlada por intereses corporativos
transnacionales y sus medios de comunicación social, que asocian la libre
circulación de las ideas con su libre mercantilización, bajo las leyes de la
oferta y la demanda.
En
ese contexto, Ecuador plantea el reconocimiento como derecho humano, de la
libertad de expresión sin censura previa, con responsabilidad ulterior y sin
discriminación, así como el derecho a una comunicación intercultural,
incluyente, diversa y participativa; y el derecho a la información veraz,
verificada, contextualizada, oportuna y plural, por cualquier medio o forma.
Para garantizar estos derechos, la norma suprema en el artículo 384, formaliza
un sistema que, a diferencia de la norma política de 1998, subordina sus
instituciones a la garantía de los derechos y no del mercado, para lo cual el
artículo 71 de la Ley Orgánica de Comunicación proclama la comunicación como
servicio público y la información como bien social, situando con ello al ser
humano sobre el capital.
Superar
la ‘democracia de los medios’ y el ‘Estado de opinión’
Esto
implica salir de la lógica neoliberal y democratizar los medios de
comunicación, el acceso a las tecnologías de información y comunicación, asumir
garantías para la creación de medios públicos, privados y comunitarios,
distribuir equitativamente las frecuencias del espectro radioeléctrico (actualmente
el 80% de las frecuencias se encuentra en manos privadas), y la prohibición de
monopolios y oligopolios en las empresas de comunicación, así como que los
propietarios de medios tengan otra actividad económica, que comprometa la
independencia en el manejo de la información.
Ecuador, por tanto, le apuesta a una democracia real que garantiza el pleno ejercicio de la soberanía popular, así como la toma de decisiones políticas conscientes y la construcción colectiva del Buen Vivir mediante la participación social. Es decir, la comunicación e información protegida por la norma constitucional es aquella que le permite al público comprender adecuadamente la realidad, dentro del contexto económico, social, cultural y natural, así como ser parte activa en del desarrollo humano.
Ecuador, por tanto, le apuesta a una democracia real que garantiza el pleno ejercicio de la soberanía popular, así como la toma de decisiones políticas conscientes y la construcción colectiva del Buen Vivir mediante la participación social. Es decir, la comunicación e información protegida por la norma constitucional es aquella que le permite al público comprender adecuadamente la realidad, dentro del contexto económico, social, cultural y natural, así como ser parte activa en del desarrollo humano.
La
postura ecuatoriana es de vital importancia, en el marco del surgimiento en
Latinoamérica y el mundo, de las ‘democracias mediáticas’ que sustituyen las
Repúblicas por ‘Estados de opinión’, sometiendo las decisiones políticas a la
agenda de los medios de comunicación social, bajo el falso argumento de que la
‘opinión pública’ representa la voluntad de las personas, cuando en la
práctica, dicha ‘opinión’ se trata de mediciones de rating con metodologías
injustas, sondeos de opinión a la carta, encuestas; y criterios de
‘especialistas’ y ‘líderes de opinión’ afines a intereses corporativos o a los
grupos de poder que no representan al pueblo.
Cabe
destacar que los Estados de opinión son el resultado del desmantelamiento de
las instituciones públicas, efectuado en las tres últimas décadas del proceso
neoliberal, con el apoyo de los medios de comunicación vinculados al poder
económico, nacional e internacional; reduciendo el Estado social a una
instancia al servicio del mercado. En el Estado de opinión, los políticos, con
el fin de alcanzar legitimidad y aceptación social, se convierten en productos
mediáticos en función de la oferta y demanda de las audiencias. En palabras de
Félix Ortega: “Todo relato político que no se ajuste a las reglas de la
comunicación mediática difícilmente será incorporado a la misma. Y sin la
visibilidad que ella posibilita, carecerá de cualquier posibilidad de llegar a
los ciudadanos”.
La
resistencia mediática privada al ejercicio de los derechos ciudadanos
Los
medios de comunicación corporativizados, aliados del modelo neoliberal, son
claves en el Estado de opinión. Junto con políticos sometidos a la lógica
mercantilista, contribuyen a la construcción de una realidad distorsionada de
las instituciones públicas, generalmente relacionada con la corrupción política
y la incapacidad operativa.
Estos
medios están en la capacidad de construir o destruir la legitimidad
democrática. La personalización y banalización de lo público y el endiosamiento
del mercado como nuevas formas de hacer política, dejan atrás el debate
ideológico sobre programas y proyectos políticos, para dar paso a liderazgos
construidos a partir de los ‘sondeos de opinión’.
En
este contexto, la ciudadanía queda fuera del espacio público, incapaz de
plantear posiciones, acciones, proyectos, discursos y prácticas, desplegar su
fuerza organizativa o hacer presencia pública en los espacios de debate y
deliberación. En el Estado de opinión los medios de comunicación son los nuevos
actores políticos.
La
posición ecuatoriana busca romper con la democracia mediática y el Estado de
opinión, haciendo prevalecer el Estado constitucional de derechos y justicia
que, desde la teoría política, se define como aquel cuyo fin es la garantía de
la igualdad formal y material, los derechos humanos y la dignidad humana.
En
el Estado constitucional, los medios de comunicación adquieren un rol diferente
al desarrollado en el esquema neoliberal. Es una función que ya había sido
advertida por el Informe Mc. Bride en 1980 y posteriormente por la Unesco: “Los
medios de comunicación deben aportar una contribución importante al
fortalecimiento de la paz y de la comprensión internacional y a la lucha contra
el racismo, el apartheid y la propaganda belicista. (…) así como contra las
otras violaciones de los derechos humanos, que, entre otras cosas, son
resultado de los prejuicios y la ignorancia, los medios de comunicación, por
medio de la difusión de la información relativa a los ideales, aspiraciones,
culturas y exigencias de los pueblos contribuyen a eliminar la ignorancia y la
incomprensión entre los pueblos, a sensibilizar a los ciudadanos de un país
sobre las exigencias y aspiraciones de los otros, a conseguir el respeto y la
dignidad de todas las naciones, de todos los pueblos y de todos los individuos,
sin distinción de raza, sexo, lengua, religión o nacionalidad, y a señalar la
atención a los grandes males que afligen a la humanidad, tales como la miseria,
la desnutrición y las enfermedades”.
El
Estado constitucional de derechos, frente al Estado de opinión, tiene la
función de transferir el conocimiento a la sociedad y recuperar para el pueblo
su soberanía, su capacidad deliberativa y la reconstrucción de lo público como
fuente de legitimidad democrática, siendo responsabilidad de los habitantes de
nuestro país desarrollar, en el marco de nuestras realidades y la integración
latinoamericana, las capacidades necesarias para reducir la desigualdad y la
discriminación, mediante el ejercicio de una comunicación responsable.
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